Me encuentro toda la noche con un terrible dolor de cabeza. No sé qué es lo que me lo puede provocar pero hace que la fiesta no sea tan buena como debiera. Pero, eso sí, la diversión continúa a mi alrededor y el éxtasis llegará dentro de poco. Nos dirigimos como cientos de personas más a un punto en el que podamos apreciar el show de los fuegos de artificio debidamente y podamos apreciarlos en todo su esplendor. No elegimos un mal sitio. Tampoco es la gloria. Levantamos nuestras miradas al cielo y esperamos el espectáculo.

Y empieza.

Disfruto con él viendo como se han trabajados los efectos de este año, y continúan, y siguen, duran bastante tiempo. Entonces empiezo a pensar en el montón de dinero que habrán tenido que utilizar para conseguir el desarrollo esperado, para saber que así podrán agradar al pueblo y lograr su felicidad.

Pienso entonces en la terrible simetría del momento. En como hace un año exactamente dos aviones chocaban contra dos edificios, enormes y por lo tanto más llenos de gente para más inri, y los derrumbaba. Pero no pienso en el símbolo destrozado, ni en el dolor de los americanos por haber sido insultados. Pienso en los miles de personas escapando, viendo como el techo se les caía encima, en como la gente se tiraba de las ventanas para conseguir aire y como otra, quizá más cuerda o quizá no, se quedaba dentro del edificio absorbiendo los letales gases y muriendo ahogados. Pienso en la gente a la que los hierros de la estructura del edificio los atravesaban y en cómo notaban el horroroso y sentenciador calor en sus propias carnes. Me imagino sus caras en el momento en que les dé por pensar en la familia y en las amistades que nunca volverá a ver y el dolor aumenta.

Pienso en todo eso y aparto la mirada de los fuegos artificiales y miro a mi alrededor. Veo el montón de gente mirando la función pirotécnica y sonriendo, sintiéndose felices con su interior, ajenos a las demás barbaridades que ocurren en este, nuestro planeta. Es una buena forma de chafarme la noche.

Durante el resto de la fiesta mi dolor de cabeza continúa, recordándome paso a paso lo que me ocurrió hace exactamente un año y pensando en que si no hubiera estado tan cerca del suceso mis pensamientos serían otros; serían inversamente proporcionales a los que tengo ahora. No me importaría nada de lo que había pasado y estaría disfrutando de la fiesta y no aguándosela a los demás.

Miro a aquella persona y la veo feliz, examino su cara, su rostro que antaño me provocaba felicidad y temor, celos y dolor, y noto como ahora lo único que soy capaz de sentir es: sálvame. Porque aunque piense todo esto, voto porque la ignorancia es la felicidad ya que descubrir nuestro menester en la vida no es más que una desesperación, un agobio, una tristeza, que hunde a cada ser en los momentos más oscuros y pesimistas. Todos esos pensamientos oscuros me llenan durante el resto de la noche y los demás lo notan, ven en mí como me encuentro apagado, y una vez más la pérfida ironía se apodera de la situación y cuando entro en una discoteca mi ropa es la que más brilla en el lugar. Es algo que me persigue imparablemente.

Necesito felicidad, aunque sea sólo durante un minuto en la vida.

Necesito vivir.

Ya.

J.M.C.