Últimamente tengo cada vez más
la sensación de alejamiento, de no pertenecer al lugar y
entorno en el que vivo, en el que he nacido. Siempre he tenido una
especie de creencia de que éste no es mi mundo y añoro
tiempos y lugares que no he conocido. Ahora me canso de la soledad
que me invade 20 horas al día y todos mis planes de luchar
contra la monotonía son frustrados por las inconveniencias del
devenir. Me dicen que soy yo quien me alejo y quien debe poner
remedio, pero no es cierto, no me alejo: me siento alejado y actúo
en consecuencia. No quiero luchar por un mundo que me rechaza. Ya
tenía esta sensación al volver la primera vez de BCN,
dudaba de si estaba en mi hogar, y ese pensamiento no hace más
que acentuarse.
Me hastía ver cómo mi alrededor
se mueve constantemente mientras que yo me encuentro en un paro,
falto de rumbo y dirección, buscando un objetivo que
perseguir. Pero lo peor es como todos me lo recuerdan y me lo echan
en cara constantemente, utilizando lo que más me atormenta
para hacer gracias y chistes.
Estoy harto de que me digan que
no tengo nada que hacer, que me paso todo el día tumbado,
harto de que se burlen de mi desempleo, que se desprecien mis
estudios tomándolos como menores comparándolos a los
suyos, ellos gente -oh superiores- que todo lo saben y que encuentran
divertidas mis desgracias.
Me cansa sentirme sucio y asquearme
por olvidar aquello que no debo y pensar lo que no merezco, de que la
gente piense que el alejamiento es la mejor manera de rechazo antes
que el parlamento, de sentirme inferior y que los demás ayuden
a ello.
Me enerva que me provoquen y luego me etiqueten, los
tópicos, los defectos, las cotidianidades, que se suponga que
yo nunca tenga razón y acordarme que antes se me criticaba por
tenerla, que antes fuera un sabelotodo y ahora no sepa nada, de que
cuando más necesito hablar con ella me rechace, de ilusionarme
por algo y que luego me lo arranquen, de mojarme, de que me ofendan y
me devalúen, de que me excluyan, de las obviedades, de que me
ignoren, de que me desprecien, de sentirme miserable, de no encajar,
de llegar a casa y tirarme en la cama a llorar, de pensar en lo que
pudo ser y no fue, de saber lo que tengo y no puedo tener, de la
distancia que está tan cerca y tan lejos; y lo peor, de que
las dos únicas personas que demuestran preocuparse por mí
vivan en las otras puntas del país.
La única
amabilidad de toda la semana fue cuando una desconocida me ofreció
un paraguas bajo la lluvia.
José “ZERAV” Malvárez Carleos a 14 de Octubre de 2005